Anoche, sin contarle a muchas personas la razón real, me decidí a celebrar y salir a gozar de la fiesta que Montañita ofrece. Resumí, luego de algunos tragos inspiradores, mi estadía en esta pecaminosa playa. A diferencia de mis viajes anteriores, en los que primó la locura y el desenfreno, esta nueva pasada por Ecuador implicaba una concentración en el trabajo tal, que la fiesta pasó a ser un pote de mayonesa abandonado en la refrigeradora durante tiempo de dieta.
Cuando llegué, una pequeñísima habitación fue la que albergó mis primeros meses. El lugar era tan pequeño que no había espacio para nada más que no sea yo y mi ropa. El techo y las paredes de madera convertían a mi recámara, durante los días de sol, en un pequeño horno micro ondas. Pero ese lugar fue superado y me mudé a un cuarto más grande. Ahí estuve unos meses más, con un espacio más decente y agua caliente, que durante los meses de frío actúa como un salvavidas. Luego, cuando la cosa mejoró, decidí encontrar un sitio que exceda mis necesidades, como para autoproponerme el reto de tener que cumplir con más de lo que yo pueda abarcar. Es en esa en casita donde vivo ahora.
Todo esto pasó por mi mente, quizá por los efectos del alcohol, cuando caminaba sobre las piedras que dirigen el camino hacia mi casa. Me acordé también de cuando habían robado mi cámara de fotos, preciado elemento que me dio trabajo durante un par de años, y también de la vez que hurtaron mi laptop, que había sido mi escritorio de trabajo durante mis meses iniciales en Montaña. Me regocije al ver que había superado todo eso, teniendo ahora una cámara mejor y una computadora mucho más mutante. Por eso, cuando vi una escalera apoyada contra mi balcón, mi corazón comenzó a palpitar al revés.
Subí las escaleras temiéndole al temor, deseando estar dentro de un sueño de mal gusto. Abrí la puerta, entré, encontré una escena de crimen y me senté a mirar el vacío. Se llevaron todo lo que me da de comer; mis 3 cámaras, mi computador personal, audífonos profesionales, ipods, lentes; entre otras cosas. La verdad es que no soy de las personas que se molestan cuando pierde, lo que en el fondo me pasa es que mi ánimo se va al suelo. Era como si alguien hubiese decidido darle una zancadilla a mi progreso, sólo para verme estrellarme contra el suelo y embarrarme la cara de tierra mojada. Mi alegría salió por la ventana y se fue en búsqueda de un contenedor más digno, porque lo que yo era en ese momento se parecía más a un trapo viejo.
Me cagaron, lo sé; pero cuando lo pienso bien también me doy cuenta que me supieron cagar. La luz de mi casa estaba encendida, así que no se podía tratar de un ladronzuelo casual. El que entró sabía que yo estaba trabajando por otro lado, que no iba a regresar para encontrarlo sacando el pan del horno. Fue una persona, o más, que me conoce bien; tan bien que estoy casi seguro que los muy malditos viven en la zona. Se trata de gente que me ve trabajar, que sabe que cargo equipos de peso, material tecnológico que cuesta y se vende bien, etc. Me cagó alguien que me cruza por la calle y me sonríe de vuelta, una persona que me conoce, que incluso puede estar acostumbrado a darme la mano, a decirme "hola".
Muchas personas me dicen que lo mejor es que haya sucedido cuando no estaba yo en casa. La verdad es que la gente hace comentarios así pensando en sí mismos; en sus miedos y reacciones a situaciones así. Yo, por el otro lado, estoy seguro que mi preferencia es otra. Cruzarme con un ladrón dentro de mi casa podría ser lo mejor que me podría pasar. Contra toda idea popular, yo creo que es mejor cuando me quitan las cosas en vivo y en directo. Cuando me roban a mis espaldas me niegan totalmente la posibilidad de participar del asunto, casi como si no me robasen personas sino fantasmas. Encontrar gente extraña en mi casa es una invitación para descargar, inteligentemente, la ira que tengo hacia todo tipo de criminales. No es posible que, en una situación así, dos o tres personas me puedan controlar. No tengo años de entrenamiento físico sólo para verme bien.
El asunto es que el robo me arrojó al suelo y me cubrió de tierra. Toda mi alegría y el resumen de mis logros, todo fue borrado de mi pizarra mental. Lo único que tenía en la cabeza era la frustración de la falta de participación en el asunto, de la impotencia de poder hacer algo al respecto. Me quedé varias horas en la oscuridad razonando sobre lo irónico del asunto; justo el día que yo celebraba y recontaba mis pequeños logros y renaceres, el mundo me pisotea y me llama iluso. Todo lo que había tenido en la cabeza era tomarme un par de tragos y sonreír, emborracharme y disfrutar. Lo que terminó pasando fue todo lo contrario.
¡Ah! Para los que se quedaron pensando la razón azarosa de mi celebración, me olvidé de comentar que hoy cumplí un año de vivir en Montañita. Vaya aniversario.
2 comentarios:
Yo te digo algo! Puede que el hecho de que me alegre que no había nadie en casa sea producto de mis miedos, pero al mismo tiempo me alegra que te encuentres bien, y esto te hará más fuerte, y nos unirá más.
Aveces la vida nos devuelve a donde comenzamos por razones que creo k ni entendemos, el sabernos ya sin nada como al inicio de todo. Sin nada,. Y lo único que jamás nos podrán quitar, robar o pisotear es lo que uno aprende en esta vida.eso q está en nuestro cerebro y corazón.
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